Silencio. Oscuridad. El resplandor de una luna leve dejaba adivinar los contornos de aquella noche helada en una penumbra azulada. Una meseta interminable. Algunos racimos de árboles aquí y allá. Una carretera estatal sin principio ni final. Dos faros brillantes que se acercaban con rapidez. Deprisa. Demasiado deprisa.
El coche levantó una ráfaga de viento acompañada de un inusual y contundente chirrido de neumáticos. Un giro de noventa grados en poco más de treinta metros. Un giro imposible a aquella velocidad antes de detenerse en seco en la zona más alejada del parking de aquel bar de carretera. El Rosie’s Diner.
Del coche descendieron dos tacones rojos seguidos de unas torneadas y sensuales piernas de mujer. Con paso decidido y silencioso, abrió la puerta trasera y sin ninguna dificultad extrajo un cuerpo inerte dejándolo caer en el suelo evitando cualquier tipo de cuidado. Seguidamente, encendió un cigarrillo y esperó.
De repente, escuchó una voz a su espalda:
- Creo que me esperas a mí. Soy el Holandés.
La mujer continuó fumando de espaldas al recién llegado.
- Ya sabe lo que tiene que hacer. Ni llamadas ni preguntas. Siga las instrucciones y no tendrá que lamentar haber cambiado de país.
- ¿Es él? – preguntó el Holandés.
- ¿Usted qué cree? – respondió la mujer, extendiendo la mano para entregarle un fajo de billetes.
El Holandés alargó la mano para recogerlo, pero, pensándolo mejor, se detuvo unos segundos y apoyó su mano en el hombro de aquella mujer.
- Escucha, nena, ¿y si necesito… ?
La mujer se giró lentamente. Después, se acercó a él un sólo paso. Sólo les separaba un centímetro. Dejó salir una guirnalda de humo que envolvió el rostro del Holandés.
- No se atreva a tocarme nunca más en su vida.
- Sólo estaba pensando que…
- Deje de pensar. No es su estilo.
La mujer, manteniendo aquella mirada desafiante, abrió la mano para dejar caer el fajo de dinero al suelo. El Holandés sintió un escalofrío que le recorrió la espalda como el rayo de una tormenta eléctrica. Decidió dejar el enfrentamiento para otra ocasión y se agachó lentamente para recoger los billetes. Un zapato puntiagudo y brillantemente pulido atrapó los billetes mientras el Holandes aún seguía en cuclillas.
- Y no vuelva a llamarme nena.
La mujer retrocedió y regresó a su coche. En tan sólo diez segundos había arrancado, girado ciento ochenta grados y abandonado aquel parking dejando tras de sí una nube del fino polvo de aquel frío desierto.
- Tú mandas, nena – musitó el Holandés con una cínica sonrisa mientras se guardaba el fajo de billetes en la chaqueta. Sin detenerse demasiado, buscó en los bolsillos del hombre que había quedado tendido junto a él en el suelo. Encontró una billetera de piel.
- Veamos…
* * *
El Rosie’s era ese tipo de bar de carretera en el que nunca hay demasiada gente. En medio de las noches cerradas de aquel lugar perdido, nunca faltaban sin embargo esa especie de noctámbulos sin motivo conocido que pasaban horas frente a la barra tomando café o bebiendo cerveza y que conversaban sin remedio con cualquiera que permaneciera a su lado más de quince segundos.
Alguien había decidido invertir una monedas en el pick-up del Rosie’s y aquella noche noche Wendy, la camarera, se esforzaba en animar un poco el ambiente del local.
- Vamos, guapo. Tengo libre el carnet de baile. ¿Vas a ser el primero en conseguir que Wendy se tome un descanso esta noche?
- Hmmmm – gruñó, entre vapores de demasiada cerveza, un camionero en ruta que había parado hacía ya varias horas para poner gasolina y que había decidido sentarse sólo un rato para descansar y refrescarse un poco.
- Vaya, qué simpáticos sois los hombres cuando estáis borrachos – protestó Wendy ante la impasibilidad del camionero.
Tras un inútil pescozón, Wendy se puso a limpiar enérgicamente los restos de cerveza derramada sobre la mesa antes de regresar de nuevo a la barra. Un movimiento mal calculado hizo que golpeara con la mano un vaso, que cayó al suelo haciéndose añicos.
- Qué asco de trabajo. Y tú, ¿se puede saber qué miras? - espetó al tipo que, sentado en la barra, saboreaba con deleite una jarra grande de cerveza.
El tipo, ataviado con una cazadora de cuero marrón desgastada por el uso, la miró con una media sonrisa.
- Nada.
- Más te vale. Estoy harta de verte por aquí, ¿sabes?. Así que termina tu cerveza y lárgate – concluyó mientras se agachaba a recoger los restos del vaso accidentado.
La campanilla de la puerta anunció la llegada de un nuevo cliente. Wendy, agachada tras la barra intentando recoger todos los restos de cristal, alzó la voz para asegurarse de que le escucharan.
- No estoy de humor para atender a un sólo borracho maloliente más en la misma noche. Así que piénsalo bien antes de sentarte y arriesgarte a pedirme que te sirva algo. ¿Te has enterado?
Una dulce voz de mujer respondió a la pregunta de Wendy:
- Yo sólo quería tomar una taza de café.
Sorprendida, Wendy se irguió para descubrir a una menuda joven rubia que parecía aterida de frío.
- Oh, disculpa, nena. Son las dos de la mañana y te juro que no estoy de humor para aguantar más tipos gordos y repugnantes por esta noche. Venga, siéntate allí, junto a la estufa. Te serviré ese café en un minuto.
- Gracias.
La joven se dirigió a su mesa y Wendy se concentró en la cafetera. El tipo de la cazadora de cuero observaba atentamente todo el proceso.
- ¿Sabes? Me encanta el tono que pones cuando dices eso de “nena”.
- Oye, ¿tú eres retrasado de verdad o sólo te lo haces? – le respondió Wendy sin desatender ni un sólo segundo el delicado proceso de conseguir que aquella maquina destilara una taza completa de café.
La campanilla de la puerta volvió a sonar, pero esta vez Wendy no hizo ningún ademán de prestarle atención. El tipo de la cazadora de cuero desvió discretamente la vista hacia la puerta. Un hombre alto, vestido de esmoquin, había entrado en el local. Parecía confundido y su ropa estaba desarreglada y llena de polvo. Tras unos segundos de vacilación, el recién llegado comenzó a caminar despacio y a trompicones a lo largo de la barra. Nadie pareció prestarle atención. El tipo de la cazadora de cuero se llevó discretamente la mano al bolsillo, extrajo discretamente una tarjeta y esperó.
- Eh, amigo. Se le ha caído esto – le dijo al hombre del esmoquin cuando pasó junto a él.
El hombre recogió lo que parecía una tarjeta de visita y se quedó mirándola sin acertar a decir nada.
- Vaya, ¿eres periodista? Yo siempre quise ser periodista. Pero las cosas nunca son del todo perfectas. Eh, ¿te encuentras bien? Parece que te ha pasado por encima un camión de diez toneladas. Vamos, siéntate. Te invito a una cerveza. ¡Eh, Wendy! Dos tanques.
- ¡Marchando!
- Paul. Paul Hundertheeren. Me llaman el Holandés. ¿Y tú?
- ¿Yo… ? No… no… lo sé.
* * *
- Míralo, está como una cuba. ¿Dónde lo vas a llevar?
- A mi casa. No puedo dejarlo tirado por ahí, Wendy. No es de buen holandés. Mañana le acompañaré a un hospital y sabremos quién es y si le pasa algo. Parece que tiene algún problema.
- Pero si no le conoces de nada…
- Tú, a mí, tampoco, y me sigues sirviendo cerveza aunque la mitad de los días ni siquiera te pago.
Wendy sonrió cruzada de brazos mientras el Holandés cargaba a hombros al desconocido del esmoquin. La joven rubia, que había observado al escena atentamente desde una mesa en la otra esquina del bar, se levantó y se acercó a Wendy.
- Disculpe, ¿tiene teléfono?
- Allí, al fondo. ¿Quieres más café?
- Si, gracias. Enseguida vuelvo.
La joven rubia rebuscó en su bolso hasta que encontró unas monedas y marcó con decisión un número que conocía de memoria.
- Buenas tardes. Soy Anna Johnson. Verá, he decidido aceptar el puesto. ¿Empezar? Estaré allí el lunes a las nueve.



